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MILTON WOLFF, “EL LOBO”, ÚLTIMO COMANDANTE DEL BATALLÓN LINCOLN. Entrevistado por Lluís Amiguet (06.11.03) La Vanguardia
“Si me vuelven a necesitar, llámenme”
Tengo 88 años. Nací en Brooklyn y a los 22 fui a España a luchar contra el fascismo que amenazaba el mundo; después contra Japón en Asia y contra Hitler en Francia, y luego contra la injusticia en EE.UU. y sigo. Tengo 2 hijos, 4 nietos, 6 bisnietos y 2 tataranietos. La España donde combatimos es hoy toda autopistas y prosperidad
-Nuestro pasaporte americano nos impedía entrar en España, así que atravesamos los Pirineos con guías andorranos.
–¿Cuántos eran ustedes?
–Cuarenta, pero en marzo de 1937 había ya 3.000 voluntarios de mi país en la sierra del Guadarrama defendiendo Madrid.
–Usted tenía 22 años. ¿Qué dijo mamá?
–Le mentí, pobre. Le dije que iba a ayudar a una fábrica en Barcelona, pero “Capi”...
–¿”Capi” era su capitán?
–No, era el fotógrafo Robert Cappa. Nos hicimos muy amigos y “Capi” me sacó una foto con Hemingway en el frente. La foto sólo la publicó un pequeño diario judío de Nueva York, pero era el único que leía mi madre.
–¿Qué recuerda de Hemingway?
–Fuimos amigos, nos peleamos, nos reconciliamos. Él tenía que figurar para salir en los periódicos, el cine y las revistas. Yo combatía. Pero me presentó una mujer en el Chicote de Madrid que todavía no he olvidado...
–¿Quiénes eran sus padres?
–Mi madre vino de Rusia: hizo de chacha; mi padre de Hungría: hizo lo que pudo. Eran emigrantes judíos pobres y yo un joven izquierdista de Brooklyn que iba a España a salvar al mundo del fascismo. Yo quería ayudar sólo como enfermero... Era pacifista.
–¿Pero tenía usted estudios de medicina?
–Gracias al presidente Roosevelt y su Civilian Conservation Corps, los obreros y el país salimos de la gran depresión estudiando y construyendo carreteras y hospitales para todos. Cobrábamos 30 dólares al mes y yo enviaba 25 a casa. Así estudié enfermería.
–¿Dónde disparó por primera vez?
–En Brunete. Cuando llegamos, la batalla era durísima, y el comandante del batallón Lincoln era Walter Garland, un afroamericano, que nos obligó a todos a usar las ametralladoras, unas Maxim de la Primera Guerra Mundial. Y nuestros rifles ya habían disparado en la guerra ruso-japonesa de 1903.
–Pero usted ascendió rápido.
–Entre la fatiga, la inexperiencia y el calor horrible de julio, los compañeros caían uno tras otro. A los tres días en Brunete empecé de servidor de ametralladora y luego me puse detrás y no la dejé en 18 días. Salí destrozado, pero decidido a seguir combatiendo.
–¿Dónde?
–Luché en Brunete, Quinto, Belchite... En Fuentes de Ebro ya mandaba la compañía de ametralladoras; en Teruel seguí ascendiendo y, cuando el comandante Reiss cayó, le sustituí al frente del batallón Lincoln en la batalla del Ebro. Estuve en Gandesa, Móra, La Fatarella... Ya mandaba el batallón en para mí lo peor de la guerra: la sierra de Pàndols.
–¿Por qué fue lo peor?
–Tuve que mandar a muchos amigos a la muerte por conquistar una roca...
–Mal trago.
–Perdimos al 80 por ciento de los brigadistas. También en Caspe nos enfrentamos a los requetés en una batalla demencial y salvaje donde ellos y nosotros moríamos por docenas para tomar una trinchera ensangrentada que en un día cambiaba tres veces de dueño.
–¿Estaba desorganizado su ejército?
–La guerra no es nunca organizada. Recuerdo que en La Fatarella nosotros debíamos apoyar el flanco izquierdo y la 3.ª división tomar el pueblo, pero no apareció y lo tomamos nosotros. Entonces sí aparecieron.
–¿Veía al enemigo?
–Claro. Recuerdo en Pàndols el ulular de los moros de Franco: “¡¡¡Uyyyyyuyyyy!!!”.
–¿Qué decían?
–¡“Lobo, te vamos a cortar las pelotas”! y otras cosas peores.
–¿Por qué Negrín les retiró a ustedes, los brigadistas, del frente y los envió a casa?
–Creía que la guerra debía ser sólo entre españoles. Se equivocó. Franco, en cambio, continuó usando a sus moros y a otros mercenarios como fuerza de choque con el apoyo de los nazis y de Mussolini.
–¿Si se llegan a quedar las Brigadas Internacionales acaso hubiera cambiado algo?
–Yo creo que sí. Estábamos decididos a detener el fascismo en España pensando que las democracias occidentales se unirían a la lucha del pueblo español contra Hitler.
–Para usted ya había empezado la Segunda Guerra Mundial.
–Sí. Pero desde entonces fui estigmatizado por mi propio ejército como “rojo” e, igual que los demás ex brigadistas, tuve que luchar para poder luchar y seguir combatiendo el fascismo. Por eso me alisté en el servicio secreto británico y serví en Birmania hasta que fui herido de gravedad por un mosquito y un agente de la OSS americana, Donovan, me salvó la vida y me trajo a Italia justo a tiempo para combatir en Val d'Isère.
–Franco era ya el generalísimo invicto.
–Pero yo no me había rendido ni otros muchos combatientes que ya habían vencido a Hitler y Mussolini. Faltaba Franco, así que intenté ayudar a 40 maquis españoles héroes de la Resistencia francesa a volver a entrar en España. Pero mis propios mandos, asustados, me confinaron en Grenoble y me repatriaron urgentemente en un portaaviones.
–¿Y en su país le recibieron bien?
–Yo y los demás brigadistas en mi país ya éramos rojos peligrosos, Tuve que declarar ante cinco comités de la caza de brujas y me costó mucho encontrar un modesto empleo.
–¿Cómo encuentra hoy España?
–Maravillosa: autopistas donde hubo trincheras... Prosperidad. Ustedes han movido montañas, pero, amigos, no dejen ustedes de luchar. Si no luchas por algo estás muerto.
–¿Y Estados Unidos y su nueva guerra?
–Iraq es la guerra de la avaricia de unos pocos por el
petróleo del mundo. Y en California, donde vivo hoy, manda Schwarzenegger.